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GUERRA DE ETIQUETAS COMO SUSTITUTO DE BATALLA CULTURAL

Foto del escritor: Miguel Angel Rodríguez Sosa
Miguel Angel Rodríguez Sosa
1 sept
6 min de lectura

La expresión “batalla cultural” ha sido creada desde el antagonismo ideológico al “marxismo cultural” basado en interpretaciones de pensamiento del notable Antonio Gramsci, quien claramente (en su obra Cuadernos de la cárcel) remontó con solvencia el rústico mecanicismo marxista de la “relación estructura-superestructura”, así como aportó una respuesta intelectual brillante al -ahora fracasado- vanguardismo leninista centrado en “el partido”.

 

La batalla cultural es el espacio en el cual se plantea la contienda por la apropiación del alma del colectivo social que se edifica en determinado “bloque histórico” (gran aporte conceptual de Gramsci) que pone en cuestión la lucha por la hegemonía que lo organiza con una articulación fluida de consenso y coerción y genera los temperamentos culturales y políticos distintivos y contrapuestos en la sociedad civil: la versión más refinada de la noción de lucha de clases.

 

Es muy significativo que la batalla cultural acontece precisamente en los términos del paradigma gramsciano, un sentido homenaje desde sus antagonistas. Fue Gramsci quien postuló

el poder de la clase dominante que debe ser derrocada para abrir el horizonte poscapitalista no reside sólo en su poder económico (y por tanto, también político) sino en su capacidad para generar un consenso cultural basado en la hegemonía de sus valores y de su visión del mundo que son asumidos como «naturales» por toda la sociedad, puesto que son transmitidos, de generación en generación, por las instituciones y distintos vehículos de la cultura. Gramsci propuso entonces que los revolucionarios comunistas debían erigir una contrahegemonía cultural, y para eso retomó el concepto hegeliano de sociedad civil, tangenciado por el marxismo, que distingue el conjunto de instituciones, organizaciones y prácticas culturales de la vida cotidiana donde se construye el consenso. En esas, Gramsci incluía la escuela, la iglesia, la prensa, toda suerte de asociaciones grupales generando bienes culturales, para disputar el consenso reinante en esos espacios. A la disputa por la hegemonía cultural le puso el nombre de batalla cultural.” (mi artículo: Marx, Gramsci y Quijano: la decolonialidad en la batalla cultural. 15.09.2025. https://www.elmontonero.pe/columnas/)

 

Pero la batalla cultural se está produciendo como una estéril guerra de trincheras enfangadas (como en el Somme de la Primera Guerra Mundial) donde interesa más mantener posiciones que ganar terreno al adversario. Es en este sentido que sus manifestaciones de esmirriado provecho intelectual pintan ahora como una guerra de etiquetas.

 

Las etiquetas son, pues, categorías ideológicas encasilladoras, todas derivadas de la razón binaria que en sus inicios (finales del s. XVIII) creó la antinomia izquierda / derecha. De ahí en adelante se han multiplicado subdividiéndose en el alegato izquierdista que generó las cláusulas de izquierda revolucionaria e izquierda reformista, derecha reaccionaria y derecha liberal y un universo confuso de subespecies, dictado por la instrumentalidad estratégica, que con el estalinismo sacralizó brulotes como socialfascismo, espécimen con el que la razón izquierdista se muerde la cola porque delata que fascismo y comunismo son, exactamente, los vástagos siameses del engendro colectivista y estatista.

 

Más allá de la parafernalia emblemática de distinguir entre rojos y blancos a izquierdistas enfrentados en guerra, o en círculos académicos distinguir entre progresistas y liberales y conservadores-reaccionarios, en este tiempo nuestro se está tratando de imponer las etiquetas reveladoras del colapso del caduco esquema marxista-leninista de la lucha de clases y, así, surgen en sustitución las que quieren referir el bando social-progresista como nueva expresión de izquierda, del bando liberal-conservador de derecha. Pero, como ocurre que la realidad no puede ser encauzada por tipos ideales (eso lo sabía bien Max Weber, inventor de esa noción) y hay la conveniencia de etiquetar, en la derecha, a la neo-liberal, la libertaria, la nacional-republicana y la extrema derecha.

 

Es muy revelador que, en tiempo reciente, se esté produciendo una recentralización del etiquetado. Desde la derecha se pretende meter en un mismo saco a todas las manifestaciones de izquierda como derivadas o vicarias del comunismo, para el incordio izquierdista que insiste en diferenciar posiciones autodenominadas progresistas, posiciones socialistas y las propiamente comunistas. Desde la izquierda se pretende descalificar la identidad de centro-derecha y cualquier expresión de otra derecha que no pueda ser tildada, oportunamente, de ultra-derecha. El suceso más reciente es el de distinguir un género fluido de la derecha que debe transitar desde el proto-fascismo al fascismo.


 

En este panorama de confusión: una Babel ideológica, desde la izquierda se está optando, con imagen académica, por postular (Ernesto Bohoslavsky, argentino coautor del libro Historia de las derechas argentinas. 2025. FCE. Entrevista 30.8.2026 en https://jacobinlat.com/2026/08/milei-y-la-larga-historia-de-las-derechas-argentinas/) que

“la derecha es una postura ideológica que defiende la idea de que las desigualdades son naturales y, por lo tanto, inevitables. En algunos casos son inclusive deseables, y que no hay por qué modificarlas. En esto se opone de manera visceral a la izquierda, que está definida precisamente como su antagonista, como aquella corriente ideológica que supone que todas las desigualdades son sociales y que ninguna de ellas es irreversible”

 

El problema de Bohoslavsky y su coautor Sergio Morresi radica en que, tomando su caracterización del liberal-progresista Norberto Bobbio, son incapaces de responder al cuestionamiento del entrevistador acerca de por qué el desigualitarismo nato de las derechas en la actualidad regional suramericana consigue un amplio respaldo popular –el caso de Javier Milei en Argentina- que, por origen y plataforma, les debería ser negado y no pueden explicar con solvencia. Se embrollan en especulaciones irrisorias respecto de cómo las que etiquetan de “derecha nacionalista-reaccionaria” y “derecha liberal-conservadora” que se han amalgamado (es su expresión) y ahora se sienten representadas en una sola fórmula: la de Milei (o la de Jair Bolsonaro en Brasil). Entonces, recurren al manido argumento de las identidades sociales –un reconocimiento pudorosamente ocultado, y ahora muy socorrido en la izquierda, del derrumbe de la idea de lucha de clases en clave marxista- para inferir (en boca de Bohoslavsky) que

“Las identidades no son irrelevantes. ¿Quién recoge el guante de sostener la dignidad de las identidades populares? No tiene por qué venir por izquierda siempre, o no tiene por qué ser la más convincente, ni la mayoritaria”.

Con lo cual reconoce la capacidad derechista “por convocar, interpelar y convencer por fuera de las élites”.

 

Entonces, Bohoslavsky y Morresi sacan la carta proverbial de la izquierda confundida de hoy y su más audaz etiqueta: la del fascismo. Morresi afirma en la entrevista

“Decirle «fascista» o «facho» a alguien tiene un sentido político polémico útil. Del mismo modo que desde el otro lado tiene sentido para ellos decirle a todos «zurdos comunistas», incluso al que es un liberal bien pensante (…) Sí creo que puede ser útil, de nuevo desde un sentido polemista, llamar a una convocatoria contra el fascismo, sabiendo al mismo tiempo que esto (el gobierno de Milei. N del A) es otra cosa (…) Ahora, aclarado eso, creo que uno puede de todos modos utilizar la palabra. Y puede también advertir derivas autoritarias distintas a las del fascismo clásico, pero que están presentes. Tensiones con las formas de la democracia liberal, tal como se construyó en Argentina en estos 40 años, que son preocupantes aun si no se parecen al fascismo clásico”.

 

Bohoslavsky menciona:

“Me parece que lo que tenemos enfrente no es fascismo sino que es una cosa novedosa que implica, en todo caso, regresión autoritaria. Regresión autoritaria, pero no necesariamente entusiasmo por la movilización callejera ni por el tipo de economía a la que condujo el fascismo clásico, que era más bien dirigista. Me parece que es una nueva criatura, para la cual se han propuesto varios nombres (de «derechas 2.0» a «neopatriotas», hay toda una discusión terminológica)”.

 

Y a continuación, sorprende con una precisión:

“En cualquier caso, me parece que el término fascista es mucho más útil para el combate político que para el análisis. Creo que usar esa palabra hace que no veamos lo novedoso de esta experiencia en particular”.

 

Con Bohoslavsky y Morresi, desde la izquierda ubicada en el reino fantástico de las etiquetas, aparece muy clara la disonancia cognitiva entre la necesidad intelectual, “académica” si se quiere, de emplear categorías de análisis político para dar cuenta de la realidad interpretada –asumiendo que fascismo es una categoría de análisis- y la conveniencia puramente instrumental de usar el término fascismo (o calificar a alguien como fascista) sólo para fines del debate. Lo que hacen es, precisamente, depauperar el significado y el sentido de la palabra debate que refiere una confrontación argumentada de posiciones acerca de una cuestión controvertida. La batalla cultural convertida en una trifulca sobre etiquetas.

 

En el Perú de hoy, el lenguaje de la controversia ideológica izquierda / derecha tiene una parte exigua de imputaciones de fascismo, tal vez porque en las tribus de izquierda se tiene alta complacencia con el fascismo étnico “antaurista”, y la cuestión está decursando por una vía más prosaica y populachera, con la intención izquierdista de cubrir al oponente con una sola etiqueta: DBA (derecha bruta y achorada, infame creación local). Con esa sigla se oculta y se quiere ignorar el pensamiento político liberal y el conservador, el neo-republicano o el liberal-conservador, y se insiste en valorar toda idea o posición político-ideológica que no sea de izquierda como torpe y aleve. Un recurso muy utilizado por incapaces de vocalizar o escribir sus argumentos de controversia y que se limitan a “opinar” con emojis y figuritas.

 

 
 
 

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