top of page

LA IGLESIA CATÓLICA ROMANA Y EL FUTURO DE LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL

Foto del escritor: Miguel Angel Rodríguez Sosa
Miguel Angel Rodríguez Sosa
15 jul
8 min de lectura

El cristianismo católico centrado en El Vaticano es sacudido ahora por fracturas que afectan severamente su vocación de universalidad, el objeto de su fe y su misión pastoral. Lo que está aconteciendo en estos días lo debilita como pilar de nuestra civilización, lo que es imperativo reconocer incluso por quienes, de manera racional y legítima, hemos decidido no profesarlo.

 

No es un problema que concierne al catolicismo entendido como el universalismo cristiano proclamado por las más de veinte iglesias cristianas ahora existentes (bizantina, copta, maronita, entre otras) unidas en comunión con la iglesia de El Vaticano y que reconocen la autoridad pontificia del papa que cultiva el rito romano.

 

Es, por una parte, la situación de crisis que concierne a la Iglesia Católica Romana ahora dividida en facciones, una conservadora y otra progresista, que interpretan de manera diferente la tradición como legado común.

 


Está en su raíz el producto doctrinal del Concilio Vaticano II (1962-65) que se pronunció para orientar el apostolado y a la grey ante la modernidad. Los conservadores interpretan que el concilio generó un antropocentrismo en el que se desdibuja al objeto material del cristianismo: Dios que puede contemplarse a sí mismo y se revela de sí mismo en su Iglesia. Encuentran que en el concilio la doctrina fue postulada sub ratione hominis (bajo la razón humana) y no, como debiera ser, sub ratione Dei. Los progresistas interpretan que el hombre es el objeto material del cristianismo, en su finitud, mundanidad e historicidad, y el que, desde sus necesidades de salvación espiritual, debe hablar a la Iglesia orientando la postura pastoral. Eso, en un extremo radical, generó la llamada teología de la liberación.

 

El Concilio Vaticano II cumplió su cometido del aggionamento para renovar la fe, adaptar la liturgia y establecer el diálogo de la Iglesia con el mundo moderno. Su mayor resultado está en los documentos pastorales Gaudium et spes, que abordó la relación de la Iglesia con la sociedad contemporánea, el progreso y la promoción de la justicia; y Lumen Gentium, que definió a la Iglesia como pueblo de Dios promoviendo la corresponsabilidad de todos los fieles. Ambos abrieron un horizonte nuevo que sustrajo poder a la clerecía como única mediadora entre los fieles y Dios, y asentó las bases para el discurso del sinodalismo actualmente pujante.

 

Si bien, tanto conservadores como progresistas proclamaron sujeción a la autoridad pontificia y renovaron su acatamiento del dogma de la infalibilidad papal, el gobierno de la Iglesia Católica Romana ha debido gestionar la cohesión eclesial ante los diferentes carismas de los papas –unos más bien conservadores, otros más bien progresistas– y lo conseguía morigerando la confrontación que es inocultable.

 

Pero hoy en día la autoridad papal y su reconocida infalibilidad en persona de León XIV, están siendo dura y abiertamente cuestionadas desde el conservadurismo, como antes sucedió desde el progresismo, respecto de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.

 

Además, un espacio de conflicto se ha abierto acerca del cada vez menos pudorosamente abordado tema de la homosexualidad. Desde la trinchera conservadora se denuncia prácticas progresistas en la clerecía, de acogida sacramental a homosexuales, lo que consideran directamente contrario a la dogmática de la fe y una abominación. Desde la otra trinchera se argumenta que el amor homosexual y la homoerótica no son una aberración, son parte de la creación de Dios y concernientes a la dignidad humana. Paralelamente, el heterocentrismo masculino del edificio eclesiástico y la subordinación de la mujer en la estructura de la Iglesia están siendo crecientemente cuestionados entre la clerecía. En ambos temas la Iglesia afronta  crecientes dificultades para obtener un consenso y actualmente parece imposible si conservadores y progresistas insisten en ocultar, los primeros, y en revelar, los segundos, sus propias posiciones lanzando mensajes contrapuestos, unos denunciando la promoción de la subcultura LGTBIQ en la Iglesia; otros, la llamada Lavender Mafia, con imputaciones recíprocas de apañar la pederastia.

 

Por otra parte y con mayúscula gravedad es notoria la deriva de una situación cismática en el seno de la Iglesia Católica Romana. El 2 de julio pasado, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, de El Vaticano, decretó la excomunión latae sentenciae por «acto de naturaleza cismática» contra seis obispos consagrados por la conservadora Fraternidad Sacerdotal San Pío X en Suiza, un día antes. El Dicasterio argumenta que dos obispos oficiantes y cuatro consagrados en el acto condenado han actuado «sin mandato pontificio, en contra de la voluntad del Santo Padre y en abierta violación del derecho canónico».

 

Interesa resaltar que la excomunión latae sentenciae, que traducida del latín significa «sentencia ya pronunciada» es una pena que no requiere el establecimiento de la culpa del imputado, ya que, según el Código de Derecho Canónico (Iuscanonicum) alegado por el Dicasterio, «el juicio lo hace el propio autor del delito con su acto». Una versión eclesial de sentencia previa sin derecho a la defensa.

 

Que eso ocurra afecta profundamente la cohesión de la Iglesia Católica Romana por el enfrentamiento entre quienes aceptan sin dudar la autoridad del papa León XIV respaldando al Dicasterio y quienes aducen que esa autoridad no puede sustituir el fundamento del ordenamiento sacerdotal instituido como pilar de la Iglesia y superior a la decisión del pontífice, que no es divina sino vicaria; lo que pone en juicio la «infalibilidad del papa», que es una petición de principio, no una verdad revelada. En estos días León XIV enfrenta una marejada de cuestionamientos desde lo que El Vaticano llama «católicos tradicionalistas» y cismáticos. El más leve examen de la confrontación revela que el conflicto entre esos y los llamados por sus antagonistas «progresistas sinodales» es entre conservadores y renovadores de la misma tradición. Este es un tema para el análisis en profundidad de las bases dogmáticas, filosóficas, históricas y socio-jurídicas de la cuestión.

 

Pero, por encima del cisma que abre su curso, otro problema más grave para la Iglesia Católica Romana es el de la línea política con máscara pastoral impulsada desde El Vaticano, no ahora sino –sólo para referir el antecedente más próximo– desde el pontificado de Francisco I y su lectura del Concilio Vaticano II.

 

El meollo de este problema es el denominado «indiferentismo religioso» que denuncian los católicos conservadores opositores a la posición pontificia. Ese que Francisco I instituyó con sus expresiones de que las tres religiones monoteístas del mundo actual: la judía, la cristiana y la del islam son, por igual, caminos para el descubrimiento del mismo Dios. Una postura retomada y exacerbada por León XIV abogando por la conciliación, que si es difícil en la relación judaísmo-cristianismo, es imposible en la relación cristianismo-islam.

 

La mayúscula diferencia canónica entre el credo cristiano y el del islam es, concretamente, entre el principio cristiano del libre albedrío y el principio islámico de la sujeción plena al dictado de Dios interpretado por el profeta Mahoma según sus epígonos teocráticos (ayatolás) y clericales (imanes, mulás). El cristianismo sostiene que el juicio le permite al individuo humano discernir en la búsqueda del camino de la salvación, o desecharla; el islam sostiene que el individuo no debe apartarse de la creencia implantada por la fe y sólo queda la opción de la conformidad ante su dictado.

 

Es sobre la base del libre albedrío que se asienta la civilización occidental y también cristiana que habilitó la separación entre la moral religiosa y la moral civil en los órdenes personal, social y político. Esa separación no existe ni puede existir en el credo del islam. De ahí que en las sociedades surgidas en la civilización occidental cristiana pudo surgir la moral civil distinta de la moral religiosa y el derecho civil distinto del derecho religioso, diferenciación basada en la frase evangélica atribuida al propio Jesucristo: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», creando un panorama problemático que nunca ha podido ser resuelto por la teocracia vaticana.

 

En el islam impera la única moral-ley religiosa, la Sharia que rechaza la posibilidad de que exista una moral civil y matriz de un derecho civil. La constatación de este hecho histórico y cultural configura la ausencia concluyente de una equiparidad entre el cristianismo y el islam en materia de libertad humana. Es una diferencia civilizacional que persiste por catorce siglos.

 

Tal diferencia otorga plena validez a la tesis católica conservadora que rechaza el indiferentismo religioso –que pretende homologar el deísmo cristiano e islámico– propugnado por El Vaticano desde hace pocos decenios en base a una lectura cuestionable de productos doctrinales del Concilio Vaticano II.

 

El pontificado de León XIV está llevando a su extremo la postura del diálogo conciliador entre cristianismo e islam, sobre todo con su pastoral del acogimiento irrestricto de la migración de grupos islámicos a Europa. La posición vaticana no aborda ni disimula, y no justifica, la vocación de esos grupos de migrantes a conformar comunidades con cariz de «marca territorial» en Europa pretendiendo legitimar y legalizar, con creciente influencia social y poder político, la imposición de la Sharia –como está siendo demandado en varios países europeos–. Eso significaría la fractura de la razón occidental de separación entre Iglesia y Estado y arruinaría la vigencia de la sociedad civil que está a la base del orden político y cultural.

 

Adviértase que empleo en este texto la palabra islam para referirme a la religión y el término islámico como concerniente a la población de sus creyentes. Una precisión necesaria porque la palabra islamismo la empleo para referir el proyecto político militante que persigue la islamización en Europa y, por extensión, en occidente. Valga la aclaración.

 

Que León XIV y El Vaticano omitan de manera flagrante pronunciarse sobre esta cuestión puede, legítimamente, ser entendido como propio de la indiferencia religiosa que se les imputa, dañosa para la civilización occidental que es también cristiana. La cúpula de la Iglesia Católica Romana está quebrando con disfraz pastoral ecuménico las bases culturales y jurídico-legales de esta civilización. Es exigible que se pronuncie valorando con sindéresis la cultura islámica que rechaza la libertad religiosa aceptada por el cristianismo como aspecto sustantivo de la dignidad humana; que execra y penaliza el ateísmo o siquiera el agnosticismo; que impone al «infiel» una pena tributaria por profesar una religión diferente; que lo excluye de las magistraturas; que somete a la mujer al patriarcado; que hasta rechaza parte de la cultura culinaria europea; y que –en las más radicales de sus expresiones– amenaza con erradicar a los no creyentes de la faz de la tierra.

 

¿Qué sucedería en occidente con el principio de la responsabilidad individual que pauta el derecho y la ley civil, base filosófica e histórica del ordenamiento social europeo? Si progresa la islamización –más de 30 millones de población musulmana en Europa para el año 2025, y creciendo– asentando comunidades regidas por imanes y otros representantes que pretenden instaurar gobernanzas teocráticas, pues previsiblemente acontecerá la ruina de la civilización occidental. No será circunstancial, sino la cumplida estrategia de conquista musulmana del viejo continente, demorada por mil quinientos años.

 

El filósofo francés Michel Onfray, en su libro Decadencia: vida y muerte de occidente (Décadence. Vie et mort du judéo-christianisme. 2017) nos ofrece una visión desconsoladora del proceso de la civilización occidental fundada sobre el legado grecorromano y el cristianismo, que, según él, atraviesa su fase terminal. Entre los factores causantes de ese desastre anunciado, Onfray señala a la pérdida de confianza en la propia cultura –malamente debilitada por el progresismo–, a la dilución de las identidades nacionales a impulsos de activismos neo-identitarios, y a la expansión de un islam político –el islamismo– que encuentra al occidente cultural y políticamente exangüe. Viendo las cosas tal y como van siendo, el panorama del futuro próximo es ófrico. Sumida la Iglesia Católica en su más grave crisis existencial del tiempo moderno, es muy difícil concebir que pueda aportar a al rescate de la civilización occidental.


 
 
 

Comentarios


©2020 por DesdeAfuera. Creada con Wix.com

bottom of page