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LA ODISEA ANTE LA SENSIBILIDAD CONTEMPORÁNEA

Foto del escritor: Miguel Angel Rodríguez Sosa
Miguel Angel Rodríguez Sosa
4 ago
8 min de lectura

La figura de Odiseo interpela la sensibilidad humana en cada período de la historia desde que el poema atribuido a Homero fuera difundido hace unos 2.700 años versando sobre la memoria de sucesos ocurridos cuatro siglos antes. Desde entonces hay tantos odiseos como sensibilidades los hayan registrado mediante autores a lo largo de la historia de las letras occidentales.  Hay el Odiseo de Dante Alighieri (s. XIV n.e.), el de Alfred Tennyson (s. XIX n.e.), y en nuestro siglo XX los de Konstantinos Kavafis, Nikos Kazantzakis, James Joyce. Porque sin duda Odiseo es el personaje literario más reinterpretado de la tradición occidental. A su vez, es el personaje señalado como emblema de diferentes caracteres morales. El de Homero personifica la grandeza asociada a la inteligencia; el de Dante personifica la arrogancia castigada; el de Tennyson destaca la voluntad que desafía los designios de los dioses; el de Kavafis está centrado en el reconocimiento del cambio que se opera en él con su regreso a Ítaca; el de Kazantzakis es el de la libertad ascética; y el de Joyce es el de la epopeya de la vida cotidiana.

 

Todos esos odiseos son figuras en las letras –poesía, prosa– en tiempos donde la memoria y la cultura eran preservadas por el arte de la lectura como su mejor forma de registro. Desde el siglo XX la cinematografía cambió el patrón y cada vez más ese registro está contenido en películas, productos del arte impresionista para el consumo masivo. No debiera sorprender que el Odiseo muy conocido de nuestros días sea el narrado por el filme de Christopher Nolan (The Odyssey. 2026) y pueda ser comparado, por ejemplo, con el Odiseo de Uberto Pasolini (The Return. 2024). En esa perspectiva, Nolan tiene todo el derecho a postular su invención de un personaje y llamarlo Odiseo. Es lo que ha hecho.

 


De la realización del filme de Nolan puede decirse con soltura que es en parte magnífica. Su encuadre de escenas y su fotografía son muy virtuosos, su empleo del flashback es desafiante (con algunos cortes bruscos de edición) y su sonido (en la proyección IMAX) es inmersivo para el espectador, pero a veces también invasivo y hay partes en donde el sonido con efecto trepidante en la sala de cine le sustrae calidad dramática a escenas y diálogos en la película. Pero tiene materiales horribles e injustificables vistos desde la estética homérica, como esa personificación de Helena por Lupita Nyong’o, la del guerrero Sinón por el esmirriado Elliot Page, el protagonista Matt Damon que en escenas aparece como un Jason Bourne barbado buscando su identidad, y eso de los alfeñiques acorazados de los Lestrigones que parecen prestados de alguna de las películas de la saga de Star Wars. Inverosímiles todos contrastando con los excelentes recursos empleados en la escena de Circe convirtiendo en cerdos a los compañeros de Odiseo y con la reveladora omisión a presentar en escena los dioses griegos, que los muestra transfigurados en fuerzas de la naturaleza; lo que va muy bien en una obra creada para el público de una época, como la actual, indiferente al poder de deidades. La excepción al respecto es la de Atenea actuada por Zendaya que sigue estando en el papel de modelito de marca y que en la película ofrece el producto zafio de una sicoterapeuta desgalichada situada en el espectro woke. Haber unido en uno solo los episodios de los Lotófagos y de Calipso es un error narrativo menos grave que el de omitir el de Nausicaa en la tierra de los feacios, porque con eso Nolan omite que la memoria de Odiseo narrando sus desventuras es también la narración de su astucia soberbia y de su grandeza.

 

Nolan excluye de su obra la grandeza entendida desde el pathos del guerrero: lo sustituye por una memoria de la culpa y un anhelo de la expiación. Nada más alejado de Homero. No puede sorprender la postura de Nolan, quien es autor en una época en la que el pathos asociado a la guerra se ha desvanecido. Estaba presente en la contienda letal entre humanos hasta el siglo XIX cuando los guerreros peleaban cuerpo a cuerpo, mataban y morían, por su rey, por su bandera, por su dios. Ha sido en el siglo XX que esa situación ha sido sustituida por masacres en vastos campos de batalla y luego por la deslocalización de los campos de batalla, con el empleo de armas de destrucción masiva y seguida con el uso –dominante hoy– de matar y destruir con mandos a distancia, donde los combatientes nublan su entendimiento de que luchan por reyes que les son ajenos, por dioses que los detestan, algunas veces sin banderas. Sólo matan y mueren. ¿Cómo puede considerarse patético este tipo de eventos?

 

El Odiseo de Nolan es singular en varios sentidos, interpretado desde una sensibilidad contemporánea (como tiene que ser) y no es fiel al poema homérico –allá con sus cuitas los puristas, que el cine no es una variante de la arqueología cultural–. Soy de los que creen que The Odyssey no es una adaptación del poema de Homero y que calza más bien en la categoría etiquetada como “basada libremente en…”. Menos pretencioso, podría haber tenido por título Ulises Come Back Home o algo parecido. Porque es una recreación y su mensaje porta una agenda que aspira a presentar la memoria fundante de un nuevo mito que quiere sea recogido por activistas enfrascados en resaltar la decadencia de la posmodernidad.

 

La epopeya narrada por Nolan resalta la monumental Edad del Bronce que él presenta como la de una era arruinada por la guerra. La mención explícita en la película a esa decadencia ruinosa de la Edad del Bronce como un pasado próximo queda más en claro en la entrevista que ha concedido el realizador a la estudiosa china en filología y filosofía occidental clásica Zhong Shu (julio 2026), donde dice que su interés, desde la película que ha concebido, está centrado en mostrar lo que llama “el colapso de la Edad del Bronce” en el escenario del ocaso de una civilización transcurrido entre la histórica Guerra de Troya y el tiempo de Homero. Para Nolan, Homero no es el poeta de una civilización triunfante sino el que narra un pasado más grande arruinado por los hombres. Para Nolan, Homero narra La Odisea desde la conciencia de la pérdida, lo que desplaza el énfasis en el poema homérico sobre la gloria heroica y sus consecuencias, a la resignificación del regreso del guerrero (el nostós) como ejercicio del arrepentimiento.

 

Es este sentido, una singularidad del Odiseo de Nolan es que aparece guiado por el sentimiento razonado de la expiación por su conducta en la Guerra de Troya. Nolan lo denomina con la palabra del inglés atonement (expiación, penitencia, arrepentimiento). Pero esa noción no existe en el horizonte conceptual y cultural homérico. Nolan la introduce desde la moderna sicoterapia que ha tomado y desarrollado de la siquiatría el concepto de síndrome del estrés postraumático que quiere explicar los desajustes de comportamiento del combatiente retornado de la guerra. Para eso consigue en su película trastocar la figura de la diosa Atenea, emblema de la inteligencia divina, convirtiéndola en una adocenada terapeuta que acompaña el ejercicio de la expiación de Odiseo y que, por tanto, omite toda referencia homérica a la relación de ella con el mortal –sumamente audaz Odiseo– que a veces coincide y otras contiende con su inteligencia humana y, como tal, no es siempre fiel a la sindéresis. Lo que en Homero es un diálogo tenso y fructuoso entre la inteligencia divina y la humana, en Nolan es una pobre interlocución sicologista, presuntamente curativa.

 

Otra singularidad del Odiseo de Nolan es el concerniente a la idea de la “Ley de Zeus” (xenía) que el cineasta presenta como el principio del respeto mutuo entre humanos reflejado en la hospitalidad a los extraños. En el horizonte homérico la xenía se circunscribía únicamente a los habitantes del mundo incorporado a la civilización griega. La ruptura de esa ley generaba la descomposición de la hospitalidad normativa (los troyanos con Paris afrentando la hospitalidad de Menelao; Odiseo agraviando a los troyanos con el caballo de madera que escondía guerreros, los pretendientes voraces y ambiciosos en Ítaca). Nolan extiende la “Ley de Zeus” a la humanidad de estos tiempos de la globalización problemática y conflictiva, sobre la que pende como amenaza el arribo de “los pueblos del mar” externos a nuestra civilización. Una cuestión apenas esbozada en la película, pero muy inteligente y que, sin embargo, probablemente quede fuera del entendimiento de la amplia mayoría de los espectadores. La cuestión es muy significativa porque esos “pueblos del mar” que históricamente derruyeron la Grecia arcaica son ahora, para el observador informado y agudo, los migrantes islámicos que en proceso descontrolado llegan a tierras del Occidente europeo desde el mar en cayucos, por ejemplo, y amenazan con asolar la civilización occidental, porque para ellos no rige el principio del respeto mutuo y existe para la cohabitación en el mismo territorio la evidente incompatibilidad moral entre islam y cristianismo.

 

La xenía para Nolan –quebrantar esa ley destruye el orden que sostiene la convivencia– es una apuesta por el multiculturalismo que oculta su naturaleza agresiva; ocultamiento que comparte con las izquierdas globalistas, con una parte de los liderazgos europeos y hasta con el Papa de Roma. Es una versión autodestructiva e instrumental de la piedad cristiana progresista y posmoderna.

 

Nolan, por supuesto, tiene todo el derecho a interpretar como quiera el retorno (nostós) experimentado por Odiseo. Que lo haga como proceso de expiación de su conducta en la guerra es su privilegio de autor. Que construya el retorno torturado por la culpa (y acompañado de sicoterapia) como imagen central de su película, también. Pero debería aceptar que se trata de una fabricación suya. No es parte del legado homérico donde los sacrificios a los dioses no son expiatorios sino propiciatorios –y debiera entenderse bien la marcada diferencia–. Nolan emite un poderoso mensaje en la escena de catarsis que antecede a la matanza de los pretendientes, en su diálogo con su esposa Penélope: revela su arrepentimiento como guerrero, se despoja del herói y del pathos tan presentes en Homero y cuestiona a dónde lo ha conducido haber sido ante Troya y en su viaje de retorno el “rico de ardides”: expresión de su inteligencia audaz. En este sentido Nolan busca en su película impactar nuestra sensibilidad contemporánea más que revelar la que animó al poema homérico y, de paso, niega a los espectadores comparar ambas, lo que hubiera sido muy provechoso.

 

El balance de mi experiencia con The Odyssey de Christopher Nolan es que se trata de una destacada realización cinematográfica, recreadora y no adaptada del poema de Homero. Como escribí párrafos arriba, una obra “basada libremente en…”. Presenta un mensaje estructurado con agenda globalista-progresista identitaria y woke, del que –muy inteligente como es– tiene conciencia de sus inconsistencias. Esto no lo captará la amplia mayoría de los espectadores que no hayan leído con entendimiento La Odisea y menos todavía quienes no hayan accedido a la esclarecedora entrevista de Nolan con la estudiosa Zhong Shu.

 

Los odiseos de Homero, Dante, Tennynson, Kavafis, Kazantzakis y Joyce son y posiblemente sigan siendo material para buenos lectores y eruditos. El Odiseo de Nolan probablemente sea el referente en esta parte del siglo XXI para la sensibilidad de quienes Ortega y Gasset llamó el “hombre masa” ahora saturado de información, enfocado en la trivia de superhéroes reemplazando dioses –a lo Marvel y DC Comics- y refractario a la razón metafísica. Es lo que hay y en eso estamos.

 

 
 
 

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