ODIO NO: DESPRECIO

“Cuando uno odia a alguien, uno piensa en el otro continuamente y,
en ese sentido, uno se convierte en su esclavo”
Jorge Luis Borges
Empezaré por lo muy molesto y menos importante. Livianas inmundicias que el felpudo en la puerta de casa recoge de las suelas de mi calzado, contando en esas las escherichias coli en los residuos excretados por animales y humanos que yacen en el polvo de las calles nunca suficientemente limpias, esparcidas por el viento y mezcladas en el polvo con otras bacterias infecciosas. Ácaros que pululan en el ambiente, se pueden prender en los entresijos del cuerpo y deben ser erradicados con el baño diario. Variedades fúngidas de tiñas y cándidas. Ladillas prendidas de los pelos corporales de los putañeros causando insoportable escozor en el escroto. Animalia de la especie Blattodea que llamo de corriente cucarachas, esos horribles insectos aplanados y repulsivos de seis patas veloces capaces de comer cualquier material a su alcance, que pueden reproducirse sin hartazgo si no son eliminadas –vano empeño: de ellas se dice que heredarán la Tierra–. Alimañas voraces que acechan en rincones umbríos del campo feraz o yermo. Ratas de pelambre hirsuta que surgen de alcantarillas y husmean en rincones oscuros y sucios buscando desechos inmundos para alimentar sus muchas crías con su leche infecta. Gatos y perros sarnosos de los andurriales que lucen su miseria en los pellejos corroídos, sin escarmentar las piedras lanzadas a sus flacos lomos.

Sigo con lo más molesto y en orden de mi interés. Cobardes agazapados en sus casas de familia, que no son de los que tiran la piedra y esconden la mano sino los que celebran pusilánimes a ésos con emojis sonrientes en las redes sociales. Canguelos aborregados que celebran el horizonte del caos en el que esperan florecer sobre la carroña de la sociedad asesinada que ellos no han ultimado, pero la quieren disfrutar embebidos de sus propias mismas pestilentes. Resentidos sociales producidos por vaya usted a saber qué traumas de infancia, maltrato parental, quiebres familiares o su incapacidad de erigir un proyecto de vida en el ámbito de la civilización. Lerdos del razonamiento moral encasillados en la dicotomía supina del bien y el mal sin atisbar siquiera la superioridad humana del albedrío. Desquiciados con la mente podrida por el cultivo de ideas que se nutren de catecismos para incendiar el mundo; esos mismos catecismos que sus creadores execrados nunca han llevado a realización, pero causan miseria y dolor. Roñosos morales que han experimentado el frenesí del escaso mal que pueden producir limitado al alcance de su maledicencia y envidias. Fracasados que nunca en su vida han forjado responsabilidades familiares y no tienen siquiera un patrimonio que pudieran proteger y conservar. Fariseos que cada mañana miran en el espejo la imagen de su propia vileza y murmuran: “gracias Dios por hacerme mejor que los demás”. Miserables clamando una “justicia social” distributiva falsa que niega la natural desigualdad de la retribución al esfuerzo productivo. Mentirosos pertinaces edificadores de la “empatía”, esa falsedad que niega la subjetividad propia y la circunstancia en que surge la consideración por el prójimo. Creyentes en que perdonarse condona y enmienda sus yerros. Los que demandan el perdón de otros como sustituto de su responsabilidad. Pobres de espíritu que esperan plácidos y con jaculatorias en los labios la pustulosa y corrompida bienaventuranza que adornará su trayectoria en búsqueda de la gracia de una divinidad mediocre y falsa. Canallas nunca ahítos de su rapiña que les permite sobrevivir en la linde de la vida humana. Vagos hediondos y pringosos que han abandonado sin esperanza la vida en sociedad.
No los odio. A los primeros de esos entes porque no les corresponde que les prodigue sentimiento alguno, si bien puedo temer por mi salud ante sus infecciones, picaduras y mordidas ponzoñosas. A los segundos, animales racionales, no los odio porque no lo merecen.
El odio es un sentimiento humano apasionado. Hume pensaba que es irreductible y, coincidiendo, Aristóteles lo veía como el sentimiento de aniquilación de su objeto, mientras que para Spinoza era una forma de dolor. Estoy convencido que debe ser valorado como diferente del rencor que se produce necesariamente por una circunstancia o factor objetivo generador de resentimiento persistente, mientras que el odio es una aversión inexplicable e irracional que puede ser concluyente e ilimitada. De ahí que se haya dicho que odiar es divino: una mera justificación que sin embargo alude a la superioridad de ese antagonista del amor, absolutamente refractario a la empatía.
Odiar exige al sujeto la arrogancia basada en la conciencia de la superioridad del sujeto tanto como del objeto del odio. Quien odia valora al adversario como su semejante en superioridad: como un enemigo personal auténtico, a su propia altura e irremisible. Es, en este sentido, un sentimiento de soberbia que no debe ni puede ser confundido con la envidia –que siempre es una relación asimétrica que se puede captar emergiendo desde los menos valorados–.
El sentimiento dirigido a quienes no considero semejantes solo lo puedo manifestar como desprecio. Sucede con esos seres humanos que he mencionado líneas arriba: los detesto, pero no los odio. Odiarlos sería atribuirles la condición de enemigos; sería ponerlos a la altura de mi animadversión, los enaltecería. Solo les puedo espetar el baldón de mi desprecio: “Animula vagula blandula”, les diría con la frase de Adriano a esos bípedos pobremente cerebrados, poca cosa.
No les endilgaría la frase que varias veces se ha recordado solía decir Víctor Raúl Haya de la Torre: “Mortal, no hagas de tu odio inmortal”. Les estaría haciendo un elogio ciertamente. Tampoco les dedicaría los versos del valse popularizado por Julio Jaramillo, cuyo autor es Rafael Otero López: “Ódiame por piedad yo te lo pido / Ódiame sin medida ni clemencia / Odio quiero más que indiferencia / Porque el rencor quiere menos que el olvido” (bastante tiempo entendí que decía en su última línea: “Porque el rencor hiere menos que el olvido”, que siempre me parece más correcta). Aunque les endosaría la inmortal diatriba del poeta Federico Barreto en su valse Aurora, que dice: “Castígala señor con toda tu energía / que sufra mucho pero que nunca muera”. Sea dicho porque éste es un excurso sobre el odio y no un discurso de odio.



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